lunes, 20 de julio de 2015

· gracias ·

Ciento noventa y nueve días tachamos en el almanaque desde la última vez que pasé por aquí. Ciento noventa y nueve días en los que el mundo (la vida, la gente) no se detuvo. Nos despedimos de Mad men, de Mc Dreamy, de Mr Spock y de la bellísima Marie. Apple presentó un relojito y la Nasa llegó a Plutón. Las calles se llenaron de hashtags con #JeSuisCharlie, #NiUnaMenos y #LoveWins. Vimos pelis por doquier, desde Boyhood hasta Inside Out. Ciento noventa y nueve días de amor, de tristeza, de alegría, de sorpresa, de indignación. Y, por sobre todas las cosas, ciento noventa y nueve días de gratitud.


Desde que publiqué el último post no paré de recibir mails, mensajes, notificaciones, invitaciones de gente increíble que me lee, que aprecia lo que hago, que se toma la molestia de hacerme saber lo que pasa del otro lado. Uno creería que bueno, que ya está, que se terminan, pero no: me encuentro con alguien y me preguntan por el blog, abro mi bandeja de entrada y me desean cosas bonitas, me doy vuelta y tengo en agenda otro evento lleno de personas increíbles. No puedo decir que me hagan olvidar todo el peso del año pasado (tengo un gran bouquet de canas para probarlo, gracias 2014) pero me apuntalan tanto y tan bien que un día me despierto y, en lugar de pensar “tengo que volver al blog”, le digo a mi secuaz “tengo ganas de volver al blog”.

Entre una cosa y la otra pasó de todo. Empecé y dejé la escuela de cerámica, hice varios muebles, D publicó tres libros, mis papás se accidentaron, fui a Mar del Plata más días en un mes que durante todo el año pasado, cociné menos de lo que hubiera querido, me embarqué en un proyecto de tejido medio monstruo, tomé un puñadito de clases y cursos, me acompañan más de mil personas en instagram, hice galletitas de vampiros (¡y pinté algunas con aerosol!), cosí algo de ropa, extrañé mi cámara de fotos, compartí horas con gente maravillosa, volvimos a tener auto, vi por primera vez The Rocky Horror Picture Show, leí bastante, tallé cucharas, me replanteé todo. Poco después de cumplir 32, un grupo de talentosas y adorables señoritas me invitó a una noche craft. “Estas chicas son como el Alto Consejo Jedi del mundo craft”, le conté feliz y sorprendida a mi secuaz. Fui. Comimos, charlamos, bordamos (bueno, yo tejí) por horas, la pasé fabuloso. Y de repente, soy parte. A mí, que siempre me costó sentirme cómoda en grupos, me suman a estas reuniones impecables. Yo, que siempre preferí quedarme en casa antes que salir, espero la reunión mensual con ansias y me aseguro de no tener excusa alguna. Si mandan la craftiseñal, voy. Ellas no se dan cuenta -no podrían- pero fueron un empujón tan grande que no encuentro palabras para agradecerles. Claro, yo nunca encuentro palabras, pero no por eso dejo de buscarlas. Cada vez que comparamos experiencias, que intercambiamos tips, que expusimos historias, que nos reímos de mi perfeccionismo, crecí. No se dan una idea de cuánto crecí.

¿Por qué volver hoy (y no ayer, y no mañana)? Dos motivos. El primero y más banal es que no quise llegar al día doscientos. Puede sonar tonto, pero me lo puse como límite: “Ro, no podés estar doscientos días sin publicar”. Simple, corto, efectista. El segundo y más importante es que hoy se celebra el día del amigo -una fecha que en Argentina moviliza y que nunca sentí tanto como este año- y tuve la necesidad de venir a agradecer. Tal vez la mayor razón de mi desprecio por el 2014 sea que tuve que distanciarme de la persona que consideraba mi mejor amiga, y eso me entristeció muchísimo; intenté seguir como si nada pero fue un ancla permanente que deslució muchas cosas y me alejó del mundo. Terminé el año agotada a nivel emocional, me tomé un descanso severo de todo y de todos (sin blog pero también sin reuniones, sin salidas, sin redes sociales, sin interacción con nadie más que mi gato, mi secuaz, mi familia), y luego empecé un arduo trabajo para ver dónde estaba, en qué condiciones, y cómo me reinsertaba en el universo. Y ahí entraron los amigos como nunca antes. Mis papás también, claro, pero a ellos les agradezco todo el tiempo, cada vez que los veo. Así que hoy el brindis es por los amigos.


Por los virtuales y los de carne y hueso, por los viejos y los nuevos. Por Ro -mi amiga del alma, de la vida- y Darío -que sufría conmigo el secundario-. Por Agus -mi mejor anfitriona en BA- y Pablito -y su música, y su lealtad- (¡y gracias totales a los dos por certificar que vivimos en pecado!). Por los que comentan con cariño, por los que vinieron a jugar cuando abrí la puerta, por los que se suman a los disparates. Por los bloggers, gastrobloggers, instagrammers. Y por ellas, el Alto Consejo Crafty. Y por él, mi secuaz, que primero fue mi amigo -y nada más que amigo, y no, nada que ver, no pasa nada- hasta que nos dimos cuenta, hace más de ocho años. Brindo por todos ustedes y por todos los nuevos que van a venir. Y porque volví. Feliz día.



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viernes, 2 de enero de 2015

· aperitivo de sandía ·

Planeaba venir hace diez días, con un bonito post navideño desparramando amor y paz y deseos de lluvia, pero no pude. Luego quise venir a despedirme del 2014 con ustedes, hablando pestes del año que pasó -y del nuevito, que ya sé no cumplirá sueños-, y tampoco pude. Entonces me propongo alargar un poco esta entrada para juntar todo eso y una micro receta.


Después de todos los proyectitos de navidad compartida, de los tutoriales extra, de las recetas y las ganas de nochebuena, llegué al 24 de diciembre agotada y con millones de cosas pendientes. No cosas materiales o especialmente navideñas, no amasar el pan para la cena o envolver los regalos a tiempo u organizar quién lleva el vitel tonné; más bien pendientes de trabajo, de mi casa y personales.


Mi nochebuena es siempre igual: hace ocho años que la pasamos solos, con mi secuaz, en casa. Ponemos la mesa linda y comemos lo que sea que tengamos ganas de comer, que nos guste a los dos y no demande mil horas de cocción. Este año fueron ñoquis, que hicimos juntos: él hirvió las papas, yo hice la masa, él los cortó y marcó, yo hice la salsa, él cocinó los ñoquis, yo emplaté (no sé por qué entro en tanto detalle, tristísimo). Nos hacemos regalos que pensamos durante todo el año. Hablamos, D pregunta cada tres minutos y medio qué le voy a regalar (nunca le digo), escuchamos música tranqui mezclada con villancicos, pasamos una velada bastante quieta pero muy nosotros y nos gusta así, no la cambiamos por nada.

Entre el 25 y el 31 fue todo caos. Inconvenientes. Desorden. Problemas. Desencuentros. Mi hogar fue Siria sin ayuda humanitaria, mi agenda se suicidó y todo -pero todo- lo que podía salir mal, salió terrible. Fue una semana-resumen-de-mi-año en todo sentido, y este es el único balance que voy a hacer de los últimos 365 días; yo digo que fue un año rarísimo (I’m being polite here), mi madre dice que fue de transición, mi secuaz dice que fue el inicio de mucho. Fue difícil. Fue demasiado trabajo sin ver frutos, fue alejarme de gente que no me valora, fue plantar, proyectar y no ver ningún sueño cumplido. Gracias a este espacio conocí personas maravillosas y recibí palabras bellísimas; eso es todo lo bonito que puedo decir del 2014. Finalmente se terminó y -sin vacaciones ni nada por el estilo- hay que empezar otra vez.


¿Y cómo se plantea este nuevo año? Distinto pero igual de difícil. En 2015 tampoco voy a viajar ni a formar una familia ni a vivir de lo mío. Muchísimo trabajo, y además en marzo vuelvo un rato a las aulas (esta creo que es la parte buena), así que eso se verá reflejado en el blog. Tengo ganas de leer, de cocinar, de coser, de dibujar; todo mucho y todo para mí, que me hace buena falta. Espero que eso también se vea reflejado en el blog.

Pero el nuevo año ya está aquí. Llegó con la visita de mis papás, con más calor del que me gustaría, con días de pasear y de probar cosas ricas. Y para brindar por el 2015 y por todos los proyectos, sueños y deseos, hoy les traigo minirecetita para disfrutar durante el verano.

· aperitivo de sandía ·

2 rebanadas de sandía bien madura
1 vaso de vino blanco
1 vasito de aperitivo tipo vermouth
ralladura de limón
hielo


- Cortar la sandía en bocados -si lo hacen con las manos se va partiendo sola por los orificios de las semillas y es más fácil quitarlas-.
- En el vaso de la licuadora poner los trozos de sandía, el vino y el aperitivo, hielo y ralladura de limón. Licuar hasta haber triturado todo el hielo y la fruta, unos tres minutos.
- Servir en vasos decorados con rodajitas de sandía y piel de limón.


Es dulce, fresco y suave, ideal para aprovechar la fruta si maduró muy rápido. Espero que lo hagan y lo usen para brindar por todo lo que viene con el cambio de almanaque. Les deseo un año lleno de oportunidades, con mucho amor, con alegrías pequeñas pero constantes, y un par de las grandes que nos dejan embobados por un tiempo; ojalá el trabajo les rinda, la familia los llene, la salud los abrace y encuentren lo que sea que estén buscando en este viaje. Todo mi cariño y gracias por estar ahí.



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